Desde muy pequeñitos mis padres nos dejaban los fin de semana en casa de mis abuelos maternos. En su casa que estaba a la otra punta del pueblo. En invierno recuerdo que mi abuela nos plantaba a mi hermana y a mi al lado de la chimenea y no nos dejaba movernos. La cocina se llenaba de humo y nosotros queríamos salir al desván para respirar. Era un desván muy frío pero enseguida mi abuela nos recogía a la cocina para que no nos costipáramos.
Dormíamos en la sala de estar en un sofá-cama y por las mañanas sin hacer ruido nos cogíamos el teléfono y nos poníamos a llamar al primer número que aparecía en la agenda.
A decir verdad nos aburríamos bastante ya que apenas salíamos a la calle y en casa estábamos en un sitio fijo. Sin movernos. Estábamos deseando que llegara el domingo por la tarde para que mis padres fueran a recogernos y volviéramos a nuestra casa.
Hoy esa casa está deshabitada y prácticamente en ruinas. Llegará el día en que se tenga que vender y les darán 4 monedas a mis tíos y mi madre por ella. Unos 140 metros cuadrados de terreno.
En estos momentos por mi cabeza se pasa que si llegado cierto día me veo capaz de pagarla se queda la casa conmigo. Es sólo un pensamiento que tengo ahora. Y de aquí a que se venda pueden pasar muchas cosas. No tener trabajo, no tener dinero, tener que pagar un piso en la ciudad, seguir pagando el coche…
Pero si la cosa va bien tendré un terreno donde tener mi propia casita al cabo de los años. Una casita con un jardín donde tener arbolitos y rosales. En una zona tranquila del pueblo donde apenas nadie te va a molestar.
